Caputo, preso de su propio modelo: la economía empieza a desmentir al Gobierno

Caputo, preso de su propio modelo: la economía empieza a desmentir al Gobierno

La escena empieza a repetirse con una precisión incómoda para la Casa Rosada: mientras el Gobierno insiste en que la economía atraviesa una etapa de normalización, los mercados, los empresarios y hasta algunos de los actores financieros que suelen acompañar al oficialismo empiezan a mirar el programa económico con creciente desconfianza.

La tensión tiene nombre y apellido: Luis “Toto” Caputo. El ministro de Economía quedó en el centro de una crisis que ya no puede explicarse únicamente por factores externos, por la oposición o por las supuestas maniobras de quienes, según el discurso oficial, pretenden hacer descarrilar el programa de Javier Milei. La pregunta que comienza a instalarse es otra: ¿y si el principal problema del modelo está dentro del propio modelo?

La caracterización periodistica,  describió a Caputo como el “terrorista” de su propio programa económico, en referencia a la paradoja de un ministro que debe defender una estrategia que empieza a generar buena parte de las tensiones que pretende combatir.

El enemigo ya no estaría afuera

Durante buena parte de la gestión libertaria, la explicación oficial frente a las dificultades económicas encontró responsables en distintos lugares: el kirchnerismo, los gobernadores, el Congreso, los sindicatos, los empresarios que no acompañan, los medios de comunicación y, en determinados momentos, los propios mercados.

Caputo eligió una estrategia diferente en su discurso público: insistir en que el programa funciona.

El 29 de septiembre, el ministro sostuvo que no existe una crisis financiera y descartó que el tipo de cambio vaya a sufrir una modificación significativa. También defendió la continuidad del rumbo económico y aseguró que el Gobierno profundizará el modelo de ajuste.

El problema es que las declaraciones oficiales conviven con señales que apuntan en otra dirección.

El riesgo país había escalado hasta niveles que complicaban el acceso de la Argentina al financiamiento internacional, mientras los bonos registraban fuertes retrocesos. Según Página/12, el indicador había aumentado unos 150 puntos en poco más de dos semanas respecto del nivel que tenía el 11 de septiembre.

En otras palabras: mientras el ministro intenta convencer de que no hay incendio, los instrumentos financieros empiezan a comportarse como si hubiera humo.

La economía real también empieza a hablar

El problema no se limita a los mercados financieros.

La actividad económica muestra señales que obligaron incluso a bancos internacionales a revisar sus cálculos. JP Morgan recortó su previsión de crecimiento para la Argentina, pasando de una estimación del 2,7 por ciento al 1,5 por ciento, después de conocerse los datos oficiales de actividad correspondientes a julio.

Ese dato resulta especialmente incómodo para un Gobierno que construyó buena parte de su legitimidad económica alrededor de la idea de que el ajuste inicial abriría rápidamente las puertas a una etapa de crecimiento sostenido.

El relato de la recuperación necesita tiempo. Pero los mercados no suelen conceder demasiado tiempo cuando aparecen dudas sobre la capacidad de pago, la estabilidad cambiaria o la posibilidad de refinanciar vencimientos.

Y allí aparece una de las grandes contradicciones del esquema.

El Gobierno necesita convencer a los mercados de que la Argentina es un país confiable. Pero cuanto más necesita convencerlos, más expuesto queda a las condiciones que esos mismos mercados imponen.

El ajuste como respuesta y como problema

Caputo ha defendido públicamente el superávit fiscal como uno de los pilares centrales de la política económica. En septiembre llegó incluso a reclamar reconocimiento por los resultados fiscales, en un episodio en el que esperaba aplausos por el superávit obtenido.

Pero el superávit no existe en el vacío.

La pregunta política y económica es qué ocurre con la actividad productiva cuando el Estado reduce drásticamente el gasto, cuando cae la demanda y cuando empresas y consumidores encuentran dificultades para sostener sus niveles anteriores de actividad.

Días antes del nuevo capítulo de tensión, un funcionario cercano a Caputo, el secretario de Producción, Pablo Lavigne, había defendido públicamente la idea de que la quiebra de empresas puede formar parte de un proceso de reorganización económica. El planteo generó fuertes cuestionamientos entre empresarios que advertían sobre la destrucción del entramado productivo.

El mensaje es coherente con la lógica más dura del programa libertario: el mercado debe seleccionar ganadores y perdedores.

Pero una economía no está compuesta solamente por balances empresariales. Detrás de cada empresa que cierra hay trabajadores, proveedores, familias y comunidades que pierden ingresos.

La política comienza a meterse en la economía

A medida que aparecen las dificultades, también cambia el tono político.

Caputo volvió a cargar contra la oposición y, en particular, contra Axel Kicillof, a quien Milei y sus funcionarios suelen ubicar como uno de los principales adversarios ideológicos del Gobierno. En el marco de esa disputa, el ministro llegó a utilizar una retórica extremadamente confrontativa para defender al oficialismo y atacar al kirchnerismo.

Pero la discusión ya no parece reducirse a una batalla discursiva entre libertarios y peronistas.

Hay una cuestión más profunda: si el programa económico necesita permanentemente identificar enemigos para explicar sus dificultades, ¿qué ocurre cuando los problemas empiezan a aparecer en los propios indicadores que el Gobierno utiliza para reivindicar su gestión?

La respuesta no puede encontrarse solamente en Twitter, en los discursos presidenciales o en las peleas partidarias.

Está en los bonos. Está en el riesgo país. Está en las proyecciones de crecimiento. Está en la actividad industrial y comercial. Y está también en la confianza de quienes tienen que decidir si invierten, producen o esperan.

El fantasma de la corrida

La preocupación más delicada para el equipo económico es evitar que la desconfianza financiera se transforme en una dinámica difícil de controlar.

Una corrida cambiaria no necesita necesariamente una multitud frente a una casa de cambio. Puede comenzar de una manera mucho más silenciosa: con inversores que venden bonos, empresas que postergan decisiones, ahorristas que buscan cobertura y agentes económicos que dejan de creer que las condiciones actuales podrán mantenerse.

La experiencia argentina demuestra que las crisis cambiarias pueden acelerarse cuando la percepción de fragilidad se vuelve generalizada.

Por eso el Gobierno busca transmitir tranquilidad.

Caputo insiste en que no hay crisis financiera. El oficialismo procura mostrar control. Milei sostiene públicamente que el programa seguirá adelante y que el ajuste será profundizado.

Pero existe una diferencia entre controlar una situación y convencer de que está controlada.

Y allí reside buena parte del desafío actual.

Una confianza que también se deteriora

El problema adquiere una dimensión política porque la economía y la percepción social comienzan a encontrarse.

La medición de confianza en el Gobierno elaborada por la Universidad Torcuato Di Tella registró un nuevo deterioro, alcanzando uno de sus niveles más bajos durante la gestión Milei.

No se trata solamente de una cuestión de imagen.

La confianza es también una variable económica. Un gobierno puede tener superávit fiscal, pero si los actores económicos consideran que el esquema no es sostenible, el resultado fiscal pierde capacidad para generar tranquilidad.

El Gobierno enfrenta entonces una paradoja: necesita mostrar que su programa funciona para recuperar confianza, pero las dificultades del programa pueden ser precisamente las que erosionan esa confianza.

El modelo frente al espejo

Por eso la frase que coloca a Caputo como “terrorista” de su propio modelo funciona como una metáfora de una contradicción mayor.

No plantea necesariamente que el ministro quiera destruir el programa que conduce. Al contrario: la idea es que las propias herramientas utilizadas para estabilizar la economía pueden generar tensiones capaces de ponerla nuevamente bajo presión.

El ajuste busca eliminar el déficit. La eliminación del déficit pretende generar confianza. La confianza debería permitir bajar el riesgo y acceder al crédito. El crédito, finalmente, debería contribuir a financiar una etapa de crecimiento.

Pero si el ajuste deteriora demasiado la actividad, si el crecimiento no aparece y si los mercados vuelven a exigir tasas elevadas para financiar al país, el círculo puede invertirse.

Entonces el instrumento pensado para estabilizar se convierte en una fuente adicional de inestabilidad.

Ese es el problema que enfrenta Caputo.

Y también el Gobierno de Milei.

Porque la discusión dejó de ser solamente cuánto ajuste puede soportar la sociedad. Ahora también aparece otra pregunta: cuánto tiempo puede sostenerse un programa económico que necesita convencer todos los días de que funciona mientras los indicadores financieros y las previsiones de crecimiento comienzan a contar una historia más incómoda.

La economía, finalmente, tiene una costumbre poco diplomática: tarde o temprano, obliga a que los discursos se encuentren con los números.

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