Las experiencias electorales de Zohran Mamdani en Nueva York y de la izquierda alemana en Berlín aparecen como casos de estudio para quienes buscan disputar el avance de las derechas radicalizadas. Detrás de ambas campañas hubo una estrategia que combinó organización territorial, comunicación política y la construcción de un discurso capaz de conectar con problemas concretos de la vida cotidiana.
La política occidental atraviesa una etapa de reacomodamientos profundos. El crecimiento de las derechas radicalizadas obligó a las fuerzas progresistas y de izquierda a revisar sus estrategias electorales, sus formas de comunicación y, sobre todo, su capacidad para volver a hablarle a sectores sociales que durante años quedaron fuera de sus discursos.
En ese contexto, dos experiencias electorales comenzaron a ser observadas con particular atención: Nueva York y Berlín. Son ciudades diferentes, con historias políticas y sistemas electorales propios, pero ambas dejaron una pregunta abierta que excede sus fronteras: ¿cómo construir una mayoría social capaz de enfrentar a la ultraderecha?
Un nombre aparece vinculado a las dos experiencias: Morris Katz, estratega político que tuvo un papel destacado en la campaña de Zohran Mamdani en Nueva York y que también participó en la construcción de la estrategia que permitió el avance de la izquierda alemana en Berlín.
De las grandes consignas a los problemas cotidianos
Una de las claves que atraviesan estas experiencias es el desplazamiento del eje tradicional de la discusión política.
En lugar de construir campañas exclusivamente alrededor de grandes debates ideológicos, las estrategias buscaron instalar cuestiones concretas: el precio de la vivienda, el costo de vida, el transporte, los salarios, el acceso a los servicios públicos y las condiciones materiales de las familias.
La operación política consiste en convertir esas preocupaciones cotidianas en una propuesta colectiva.
La experiencia de Mamdani en Nueva York adquirió relevancia precisamente por esa capacidad para conectar una identidad política de izquierda con problemas reconocibles para amplios sectores urbanos. La campaña buscó que cuestiones como el alquiler, el transporte y el costo de vivir en una de las ciudades más caras del mundo dejaran de ser asuntos individuales para transformarse en problemas políticos.
La discusión no era solamente qué modelo de sociedad defender, sino cómo ese modelo podía traducirse en respuestas concretas para quienes tienen dificultades para llegar a fin de mes.
El caso Berlín
La experiencia berlinesa forma parte de un proceso político más amplio que atraviesa Alemania.
La capital alemana se convirtió durante los últimos años en un territorio de disputa entre fuerzas progresistas, conservadoras y de extrema derecha. Allí, el problema de la vivienda adquirió una dimensión política central debido al incremento de los alquileres y a la presión inmobiliaria sobre los sectores populares y las clases medias.
La izquierda encontró en ese escenario una oportunidad para reconstruir un discurso asociado con la defensa de los servicios públicos, el derecho a la vivienda y la intervención estatal.
La experiencia no puede trasladarse mecánicamente a otros países. Sin embargo, ofrece una pista: las grandes disputas ideológicas pueden adquirir fuerza electoral cuando encuentran un punto de contacto con las preocupaciones concretas de la población.
El factor Mamdani
La campaña de Mamdani en Nueva York también mostró la importancia de construir una identidad política reconocible.
El dirigente demócrata de origen ugandés-indio consiguió instalar una comunicación dirigida especialmente a sectores jóvenes y urbanos, con una utilización intensa de redes sociales y una narrativa centrada en el costo de vida.
Su campaña se apoyó además en una extensa red de voluntarios y militantes.
Ese componente organizativo resulta central. La política digital puede multiplicar un mensaje, pero difícilmente reemplaza por completo la construcción territorial. La campaña necesita personas que recorran barrios, conversen con vecinos, organicen actividades y transformen una consigna en una relación política.
En ese punto aparece una de las enseñanzas que Katz llevó de una campaña a otra: la comunicación no puede separarse de la organización.
El desafío frente a las derechas radicalizadas
La discusión adquiere particular importancia en un momento en que las derechas radicalizadas consiguieron convertir el malestar social en una herramienta política.
El fenómeno no responde a una única causa. Influyen la inflación, la inseguridad económica, la crisis de representación de los partidos tradicionales, los cambios culturales y la percepción de que las instituciones no responden a problemas concretos.
Frente a ese escenario, una estrategia exclusivamente defensiva puede resultar insuficiente.
La alternativa que muestran estas experiencias consiste en disputar el terreno del malestar: reconocerlo, darle una explicación política y ofrecer respuestas concretas.
Eso supone evitar que la frustración social quede monopolizada por discursos que identifican como responsables a determinados grupos sociales, migrantes o minorías.
Una discusión que también mira a la Argentina
La experiencia internacional adquiere una dimensión particular en Argentina, donde el gobierno de Javier Milei construyó buena parte de su identidad política sobre una crítica frontal a la dirigencia tradicional, al Estado y a las estructuras partidarias.
El oficialismo impulsa además una reforma electoral que contempla la eliminación de las PASO. El Gobierno presentó en abril ante el Congreso su proyecto de reforma y sostuvo que las primarias constituyen un mecanismo costoso que debería dejar de ser financiado por el Estado.
La discusión electoral se encuentra actualmente abierta y los números parlamentarios son ajustados. El oficialismo todavía no reúne los votos necesarios para suspender las primarias y busca negociar con gobernadores durante la Argentina Week que se desarrollará en París.
Al mismo tiempo, distintos sectores opositores comenzaron a discutir mecanismos de coordinación. Miguel Pichetto planteó recientemente la construcción de un espacio que reúna al peronismo, sectores del radicalismo y dirigentes del PRO que no acompañan al Gobierno.
Pero una eventual alianza electoral plantea un problema que va más allá de sumar dirigentes: qué propuesta común puede construirse alrededor de las demandas sociales que explican buena parte del malestar político.
La batalla por el sentido común
Las experiencias de Nueva York y Berlín muestran que una campaña electoral no se reduce a elegir una consigna, diseñar una estética o contratar especialistas en redes sociales.
Existe una disputa más profunda: quién consigue interpretar las preocupaciones de una sociedad y transformarlas en un relato político.
La ultraderecha logró en distintos países ocupar ese espacio apelando al enojo, al rechazo de las élites tradicionales y a la promesa de recuperar un orden perdido.
La respuesta de sus adversarios requiere algo más que denunciar sus posiciones. Necesita construir una alternativa reconocible.
Eso implica hablar de salarios, vivienda, trabajo, salud, educación, seguridad y futuro con un lenguaje que pueda ser entendido fuera de las estructuras partidarias.
También supone recuperar la idea de que la política puede resolver problemas concretos.
Más que una receta, una señal
Nueva York y Berlín no ofrecen una fórmula automática para otros países. Las condiciones económicas, culturales e institucionales son diferentes y los resultados de una campaña dependen de circunstancias locales.
Pero ambas experiencias permiten observar un elemento común: la disputa contra las derechas radicalizadas no se desarrolla únicamente en el terreno ideológico.
También se libra en el supermercado, en el alquiler, en el transporte, en el salario y en la posibilidad de imaginar un futuro.
La estrategia atribuida a Morris Katz pone el foco precisamente allí: para enfrentar a una derecha que convirtió el descontento en identidad política, la izquierda necesita convertir las demandas materiales en una propuesta capaz de construir mayoría.
La batalla, en definitiva, no comienza el día de la elección.
Empieza mucho antes, cuando una sociedad decide quién tiene las palabras para explicar lo que le pasa.