La capital alemana cambió el guion. Por primera vez desde la reunificación, un partido ubicado a la izquierda del tradicional esquema socialdemócrata-conservador consiguió convertirse en la principal fuerza política de Berlín. Die Linke obtuvo el 25,7% de los votos en las elecciones al Parlamento regional y dejó detrás a la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que consiguió el 18,8%.
El resultado tuvo además un rostro: el de Elif Eralp, abogada de origen turco y candidata de Die Linke, que podría convertirse en la primera alcaldesa de Berlín perteneciente a esa formación y en la primera jefa de Gobierno de la ciudad con antecedentes migratorios.
Pero detrás de la fotografía de Eralp hay algo más profundo que una victoria partidaria. El resultado expresa un cambio en las prioridades de una parte importante del electorado berlinés, especialmente entre los jóvenes, y coloca en el centro de la discusión una cuestión que atraviesa a buena parte de las grandes ciudades europeas: el acceso a la vivienda.
La crisis de la vivienda como motor electoral
La campaña de Die Linke tuvo un eje concreto: el precio de vivir en Berlín.
Los alquileres, la escasez de viviendas y el peso creciente de las grandes empresas inmobiliarias fueron utilizados como una bandera electoral. Eralp planteó medidas destinadas a intervenir sobre el mercado inmobiliario y defendió la expropiación de grandes propietarios, retomando una demanda que ya había sido sometida a consulta popular en Berlín en 2021.
Aquel referéndum había obtenido un 58% de respaldo a la expropiación de grandes empresas inmobiliarias, aunque su implementación posterior quedó atravesada por obstáculos políticos y jurídicos.
La cuestión habitacional permitió a Die Linke conectar un discurso tradicional de izquierda con una preocupación cotidiana: cuánto cuesta alquilar un departamento y cuánto queda del salario después de pagar la vivienda.
En una ciudad donde la transformación urbana modificó barrios enteros y elevó los precios inmobiliarios, la discusión dejó de ser exclusivamente ideológica. Para muchos votantes, pasó a ser una cuestión directamente relacionada con la posibilidad de permanecer en la ciudad.
El voto joven también cambió el escenario
Otro dato significativo de la elección fue el respaldo conseguido por Die Linke entre los sectores jóvenes. El partido consiguió una parte importante de sus apoyos entre las nuevas generaciones, en un contexto marcado por la precariedad habitacional, el costo de vida y las discusiones sobre el futuro económico y social de Alemania.
Además, por primera vez participaron en una elección de este tipo jóvenes de 16 y 17 años, ya habilitados para votar en los comicios de Berlín. Unos 2,5 millones de personas estaban habilitadas para elegir el nuevo Parlamento regional.
La participación electoral alcanzó el 74,2%, según el resultado preliminar difundido por las autoridades electorales.
El dato juvenil resulta especialmente relevante porque la política alemana viene atravesando una transformación generacional. Las preocupaciones vinculadas con vivienda, cambio climático, empleo, desigualdad y derechos sociales conviven con una creciente preocupación por seguridad, inmigración y guerra.
Berlín mostró que esas demandas no necesariamente desembocan en una única dirección política.
La derecha también avanzó
El giro hacia Die Linke no significó que la derecha haya desaparecido del escenario berlinés. Todo lo contrario.
La AfD consiguió el 16% de los votos y se convirtió en la tercera fuerza de la ciudad, además de registrar porcentajes superiores en algunos distritos periféricos. En paralelo, en el estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental la formación de ultraderecha consiguió alrededor del 38% y volvió a quedar primera.
El contraste resulta significativo.
Mientras Berlín colocó a Die Linke en el primer lugar, otras regiones del este alemán consolidaron el avance de la AfD. El mapa electoral alemán aparece así atravesado por dos movimientos simultáneos: una parte del electorado busca respuestas desde la izquierda y otra canaliza su malestar hacia la derecha nacionalista.
El resultado berlinés no puede interpretarse, por lo tanto, como un desplazamiento uniforme de Alemania hacia la izquierda.
El derrumbe de los partidos tradicionales
Uno de los datos más contundentes de la elección fue el retroceso de las fuerzas que durante décadas dominaron la política berlinesa.
La CDU obtuvo 18,8%, mientras que el SPD alcanzó apenas el 12,1%, su peor resultado histórico en la capital. Los Verdes quedaron en 14,4%.
La pérdida de apoyo del SPD resulta especialmente significativa porque Berlín fue durante décadas uno de sus principales territorios políticos.
El resultado expresa, al menos electoralmente, una dificultad de los partidos tradicionales para conservar el vínculo con sectores que buscan respuestas más concretas frente al costo de vida y la vivienda.
El electorado no abandonó únicamente a una fuerza. Modificó el orden completo de preferencias.
Una alcaldía que todavía necesita acuerdos
El triunfo de Die Linke no significa que Eralp tenga automáticamente asegurado el Gobierno de Berlín.
El Parlamento regional tiene 158 bancas y Die Linke obtuvo 47, por lo que necesita acuerdos para alcanzar una mayoría. La posibilidad que aparece sobre la mesa es una coalición con el SPD y Los Verdes.
Pero allí aparece una de las grandes paradojas del resultado.
Die Linke llegó primera con un programa que cuestiona determinados aspectos del modelo de desarrollo urbano de Berlín, especialmente el peso de las grandes empresas inmobiliarias. El SPD y Los Verdes tienen posiciones diferentes sobre algunas de esas propuestas.
El SPD, por ejemplo, mantiene reservas respecto del proyecto de expropiación de grandes inmobiliarias, mientras que los Verdes también plantearon condiciones para avanzar en una eventual alianza.
Por eso, el resultado electoral abrió una puerta, pero no resolvió todavía quién gobernará.
La sombra de las acusaciones y el debate sobre Medio Oriente
La nueva mayoría relativa también quedó rápidamente rodeada por una controversia política.
Después de las elecciones surgieron acusaciones vinculadas con supuestos contactos de integrantes de Die Linke con personas señaladas por vínculos con organizaciones consideradas terroristas por la Unión Europea y con estructuras del crimen organizado. Uno de los dirigentes involucrados negó conocer a esas personas y posteriormente anunció un retiro temporal de la actividad parlamentaria.
Las acusaciones de antisemitismo también volvieron al centro de la discusión, particularmente a partir de posiciones relacionadas con la política del Gobierno israelí y el conflicto en Medio Oriente.
Al mismo tiempo, un grupo de intelectuales judíos residentes en Berlín publicó una carta en respaldo de Die Linke y cuestionó lo que consideraron una utilización política de esas acusaciones. Los Verdes, por su parte, reclamaron compromisos explícitos contra el antisemitismo como condición para una eventual cooperación.
La controversia seguirá siendo uno de los obstáculos en las negociaciones para formar gobierno.
Una señal para toda Alemania
La elección de Berlín ocurre en un momento de fuerte transformación de la política alemana.
El gobierno federal encabezado por Friedrich Merz enfrenta un escenario complejo, mientras los partidos tradicionales pierden terreno y tanto la izquierda como la extrema derecha consiguen capitalizar diferentes expresiones del descontento social.
En ese contexto, Berlín funciona como una suerte de laboratorio político.
La elección mostró que el malestar social no tiene una única traducción electoral. En algunas regiones se expresa mediante el crecimiento de la AfD; en la capital, mediante el ascenso de Die Linke.
La vivienda fue uno de los principales puntos de conexión entre la izquierda berlinesa y una sociedad atravesada por el aumento de los alquileres. Y la juventud desempeñó un papel relevante en ese desplazamiento.
Ahora comienza la parte más difícil: transformar los votos en gobierno.
Si Die Linke logra construir una mayoría con socialdemócratas y verdes, tendrá que convertir sus promesas sobre vivienda y políticas sociales en medidas concretas y, al mismo tiempo, negociar con fuerzas que tienen posiciones diferentes en asuntos centrales.
El resultado del 20 de septiembre ya dejó una marca histórica. Por primera vez desde la reunificación alemana, Die Linke fue la fuerza más votada en Berlín. Lo que todavía está por verse es cuánto de ese giro electoral podrá convertirse en un cambio efectivo en las políticas de la capital alemana.